El panorama de la dieta es algo familiar a todos; se trata de una topografía no tan compleja. Por un lado, la cultura reduce aquellos que consideramos el conjunto de alimentos seguros; todo lo que se encuentra es válido y se nos viene a la boca. Inmediatamente fuera de ella, en el margen, se hayan las cosas desagradables: perros y gatos para algunos, caballos para otros, insectos para muchos. Más lejos se dan lugar a los objetos que, simplemente, no consideramos comestibles: piedras, papel, tijeras, lámparas, pilas, teteras, camisas y cualquier otra cosa.
Introducir estos objetos en el contexto de la dieta no evoca sino una visión surrealista. En caso de que suscite emociones, se referirán a una percepción del hecho como creación posmoderna. Imaginar una camisa en el plato no es una ofensa a nuestro sentido del honor, de pudor, de orden; sencillamente, las camisas no se comen. Dentro del paradigma de una conversación propuesta, si alguien nos sugiriera comer una camisa, tal vez deduciríamos que pretende hacernos reflexionar sobre el papel del consumismo y del consumo de la moda, dejarnos presente que las personas que viven en otros países donde la pobreza es mayor y la comida más escasa son precisamente los sastres que han confeccionado nuestras costosas camisas. Si alguna emoción asoma, es la indignación por la situación simbolizada –y, por tanto, mantenida a distancia – de la camisa como alimento.
Supongamos que estamos sentados en una mesa y al anfitrión les sirve algún alimento marginal, es decir procedente de la zona inmediatamente adyacente a la categoría que muchos denominan ‘comida’. Puede tratarse de un muslo de perro, de una jugosa costilla de iguana o de un tazón de crujientes insectos fritos – o tal vez cangrejos -. Para algunas personas es un hecho regular y frecuente entrar en contacto con alimentos repugnantes: hinduistas fervientes, judíos y musulmanes en sociedades laicas, vegetarianos en medio de consumidores de carne. Para estos individuos, la experiencia puede haber atenuado el impacto emocional de la primera vez. Saber rechazar lo que se ofrece, explicando la propia condición de no consumidor de lo que en esa mesa se considera como comida, se convierte entonces en objetivo primario.
Para otros, en particular para los que suelen formar parte de culturas mayoritarias dentro de sociedades realizadas, las ocasiones de este tipo son raras. En efecto, el desagrado puede atenuarse convirtiendo el evento en una especie de historia apócrifa, como mis cuadernos de viaje – como viajero me siento en una mesa con un grupo de nómadas hospitalarios que viven en el desierto y vi cómo me ofrecen, sin poder rechazarlo, el ojo o el testículo del animal en cuestión – o los famosos anecdotarios – en una tierra lejana, una especie que en nuestro ámbito es el animal doméstico predilectos de los niños se cría específicamente para convertirse en alimento – o roces y otros mitos locales – el restaurante étnico que sirve un animal haciéndolo pasar por pollo-.
Lo irónico es que los ojos, los testículos o animales se acercan mucho más a la categoría de alimento que las camisas. Ojos, testículos o animales proporcionan unas proteínas esenciales y otras sustancias nutritivas que, desde luego, no se encuentran en las camisas (¡o en las lámparas!). Me tuve que decidir a hacerlo, estaba más que obligado, estaba necesitado, era una circunstancia realmente excepcional o la desnutrición. En países industrializados sobran las historias que alimentan al pueblo de múltiples desastres que ha llevado a otros a comer carne de muertos y cosas menos peores. Sabemos a ciencia cierta que la ‘carne de humano’ es carne y no es tóxica. Así pues, la emoción fuerte de la que les hablo aquí es una propiedad de los cuasi-alimentos más que de los no-alimentos. ¿Así se acaba la historia?
Qué comemos y con quien lo hacemos se convierte en indicador de la distancia social y la identificación de grupo. La importancia de la comida en una cultura y en la sociedad no se les escapa a antropólogos y sociólogos; más sin embargo, por definición este análisis no puede explicar por qué algunos alimentos son rechazados o aceptados por los individuos en el seno de las diferencias culturales. O lo que es lo mismo, ¿por qué rechazamos ciertas comidas cuando las normas culturales sostienen que es perfectamente lícito tomarlas? Unos tendrán razones físicas, por enfermedad o factores genéticos que le predisponen, otros podrán sentirle sabor a jabón a ciertos alimentos, etc., sin embargo, estos fenómenos son relativamente infrecuentes cuando se trata de explicar la multitud de gustos y aversiones en cada cultura.
Mi interés, en calidad de licenciado en comunicación, se centra en las emociones provocadas por los alimentos y por los acontecimientos vinculados a ellos. En el rechazo o en la aceptación de la comida intervienen muchos factores de la vida social de cada persona. Una es que el alejamiento de nuestros orígenes animales (otro tema de análisis) nos impone borrar de nosotros cualquier vestigio del primate hambriento, al mismo tiempo depredador y comedor de restos (¿qué otra cosa es la cosecha, sino la búsqueda de los restos de la flora?). Nos vemos intimidados con la imagen del animal insaciable – realmente omnívoro, que llena su gran boca con todo lo orgánico que encuentra – cuando el animal es humano: ser humano significa, pues, rechazar ciertos alimentos.
Sentimos repugnancia por ciertos alimentos e incluso por quienes no comparten nuestra ‘moderación’, y tal vez los despreciamos. Al cruzarse, las aguas se han enturbiado por la incongruencia de dicha categoría – la comida – de cada uno de ellas; las personas que no rechazan como comida aquello que nuestra cultura ha excluido de dicha categoría nos ofenden a nivel social y personal, del mismo modo en que, sin duda, les ofendemos nosotros a ellos.
Piénsese en los perros y cerdos, animales sociales inteligentes que se tenían al lado de las casas hasta no hace mucho tiempo, en particular en las localidades rurales. El consumo efectivo o imaginado de uno y no otro provoca un vivo disgusto – y viceversa – en individuos que pertenecen a ambientes distintos.
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